lunes, 14 de mayo de 2012

Un relato que escribí hace tiempo...



Cruatch de los lobos

Tiempo atrás, en otras épocas, el reino de Huusen se había extendido por el Gran Valle, un reino bárbaro, de hombres de mirada firme y fuertes músculos, de pieles broncíneas y cabellos castaños, los señores de ese reino habían caído, hacía tiempo ya, bajo la hechicería de los oscuros sacerdotes zipakos, y con el tiempo los zipakos también desaparecieron de estas tierras. Los adustos descendientes de los huusen descendieron de lo alto de las montañas habiendo olvidado su historia pasada, solo quedando leyendas de lo que una vez fue un gran reino, y allí, en la tierra de sus antepasados, los jefes de las diferentes familias se reunieron en una noche de luna llena para sellar un pacto, y esa noche, nació el clan del Lobo.

Aun se encontraban de vez en cuando restos de las antiguas construcciones de los huusen, semienterradas en los bosques y cubiertas por la vegetación y las raíces de los grandes árboles pango, algunas veces los más valientes se adentraban en ellas y salían portando joyas antiguas, collares de oro y anillos tallados en esmeraldas, otros nunca volvían a salir de los laberínticos subterráneos, o volvían con las manos vacías, e historias de las extrañas criaturas que  moraban en aquellas antiguas construcciones.

El joven Cruatch nunca había penetrado en una de esas tumbas, él sólo conocía el valle, en él había nacido, en él vivía su clan, su familia, en los bosques del gran valle acompañaba a los maestros cazadores de la tribu, donde estos lograban sus presas de entre la fauna que lo habitaba, el valle era todo su universo, su mundo acababa en los riscos superiores que rodeaban el valle. En invierno un manto de nieve se extendía desde las montañas, en verano el río, helado en invierno, rugía con el caudal procedente de la nieve fundida, las barcas de piel de ciervo se apilaban junto a las cabañas de la tribu.

El Gran Valle de los Lobos contenía gran cantidad de animales, entre ellos ejemplares de gran tamaño de aquellos de los que tomaba  su nombre, los lobos de las montañas, de pelaje negro, que bajaban desde sus loberas situadas en las cuevas en los altos de las montañas que rodeaban el valle. De este hermoso animal tomaban su nombre las diferentes tribus del valle, todas ellas pertenecientes al clan del Lobo.

La de Cruatch era la tribu del Lobo de Hierro, una tribu pequeña pero importante, gentes de otras tribus del clan del Lobo, y a veces gentes de otros clanes, acudían en primavera y verano a adquirir mediante el comercio las preciadas piezas de hierro trabajado por los herreros de las familias de los Lobos de Hierro. Normalmente procedían de las otras tribus del clan del Lobo; los Lobos de Madera traían maderas labradas y piezas de cuero que eran empleadas en tareas tan diversas como sillas de montar y arreos para los caballos, la construcción de cabañas y la construcción de barcas para navegar por el tempestuoso río, las cuales eran superiores a las de cualquier otra tribu, razón por las que también se les conocía como Lobos de Río; los Lobos de Bronce eran como su propia tribu herreros, que se dedicaban principalmente a la elaboración de herramientas de uso cotidiano y armaduras, las cuales la tribu de Cruatch fabricaba con cuero y hierro, y por ello no solían visitarlos, salvo que buscaran el fino trabajo de sus orfebres en hebillas de cinturones y joyas labradas; la cuarta y última tribu era la de los Lobos Espíritu, los chamanes del clan del Lobo, que vivían repartidos entre las otras tribus del clan en lugar de separados de ellas, como éstas hacían unas con respecto a las otras.

El actual líder del clan era Borek de los Lobos de Bronce, el cual había fomentado el uso de las armas de bronce por parte de las tribus frente a las fabricadas por los Lobos de Hierro, motivo por el cual la tribu de Cruatch vivía últimamente aislada del resto y se dedicaba cada vez más a la caza que al comercio de útiles de hierro. Tal vez por eso causó una cierta conmoción la aparición de un carromato de los Lobos de Madera en las tierras familiares. Estos grandes transportes eran usados por los ganaderos de la llanura que se extendía tras el gran valle, mientras que en el norte del valle era más común encontrarse con las familias de navegantes de los Lobos de Madera en las zonas de sur era mayor al abundancia de las familias de ganaderos de dicha tribu.

El habitáculo del carromato era enorme, media entre unos cuatro y cinco metros cada uno de sus lados y su forma era prácticamente un cuadrado perfecto con una altura de un hombre, cuatro enormes ruedas a cada lado sustentaban la construcción y la elevaban a un metro del suelo, toda la superficie de la caja estaba labrada y decorada hasta el más mínimo detalle, labor realizada durante generaciones por la familia propietaria del carro, durante las temporadas en las que los carros estaban detenidos los miembros de cada familia aumentaban la decoración de sus carromatos con nuevos gravados. Los Lobos de Madera eran nómadas por antonomasia, nunca quedándose mucho tiempo en un lugar, viajando bien a lo largo del río o a través de las llanuras del sur. En la carreta, tirada por tres parejas de búfalos (posiblemente dos machos y cuatro hembras, como era tradicional en este tipo de vehículos nómadas), viajaba una familia de cinco miembros y un shaman, un miembro de la tribu de los Lobos Espíritu asignado a los Lobos de Madera. Sus ocupantes se veían cansados, agotados por el viaje desde las lejanas llanuras y el gran carromato presentaba señales de haber escapado de las llamas de un incendio, con los bordes mostrando marcas de haber sido recientemente acariciado por el fuego.

Escoltaban al carromato a su entrada en la aldea cinco hombres de la tribu, daba el aspecto de haber encontrado la casa rodante y sus moradores mientras estaban cazando. Los ojos de los viajeros se veían tristes y apagados, carentes de la luminosidad lupina descrita en sus canciones por los bardos de los reinos occidentales.

La suya era una historia extraña, hablaban de la muerte de Borek y de la ascensión al poder de un joven guerrero, de como este guerrero había perdido anteriormente su condición de shaman y se había refugiado entre los Lobos de Bronce, y de la forma en que logró que lo eligieran como sucesor de Borek a su muerte. Describieron la extraña construcción que la tribu del bronce estaba levantando al sur del valle, y de como habían masacrado a varias familias de Lobos de Madera cuando estos se negaron a colaborar en ella.

Sharrat había estudiado para ser un shaman, pero su codicia era más fuerte que su voluntad de servir al clan, tras ser expulsado de los Lobos Espíritu por robo, se dirigió hacia Borsik, el hermano pequeño de Borek, y solicitó ser acogido por la tribu del Lobo de Bronce. Con el tiempo el hambre de poder de Sharrat le dirigieron a planear un golpe de estado, sabía que no podía desafiar a Borek directamente, así que con ayuda de Borsik le tendieron una trampa cuando estaba cazando, para a continuación acabar con Borsik en un duelo por el manto de Than de Bronce. A continuación tomó para sí la espada Colmillo de Lobo, símbolo del líder de todo el clan del Lobo.

Iluminado por una idea surgida de las descripciones de las grandes ciudades, siempre presentes en las narraciones realizadas por los comerciantes extranjeros que venían de más allá del valle para adquirir el bronce de la tribu, decidió construir una gran ciudad, o al menos la idea que él tenía de lo que debía ser una gran ciudad en la entrada del valle, y este fue el desencadenante del enfrentamiento con los Lobos de Madera. Ursa, la líder de la facción ganadera de la tribu de madera se opuso a su construcción, al estar en contra de la cultura nómada de su pueblo, lo cual desencadenó un ataque por parte de Sharrat contra las familias de los Lobos de Madera, las cuales tuvieron que huir para evitar una masacre después de ser derrotadas por los más numerosos Lobos de Bronce.

En estos momentos se encontraban los recién llegados narrando lo citado anteriormente  cuando el joven Cruatch, que hasta entonces había estado sentado en el suelo escuchando la narración de lo ocurrido, se levantó y se encaminó hacia el bosque, algo había llamado su atención, un extraño brillo en la espesura, y recogiendo su cuchillo de caza del suelo donde lo había dejado al sentarse para que no le incomodara se dirigió hacia dirigió hacia lo que fuera que había despertado su curiosidad. La semana anterior una gran tormenta cayó sobre el poblado, desencadenando rayos y truenos, algunos de los cuales habían derribado árboles centenarios, y no sería extraño que al hacerlo hubieran descubierto algún tesoro de los huusen, escondido tiempo atrás por éstos para evitar su saqueo por los zipakos.

Al llegar al lugar vio un hoyo en el suelo, en el lugar donde antes se elevaba un majestuoso árbol, tiempo ha podrido y recientemente derribado por la tormenta, y cerca de allí, entre las ramas del caído centinela verde, una cadena de hierro acerado con un colgante del mismo material, que debió permanecer durante largo tiempo en lo alto del árbol, tal vez dejada allí por alguien hacía siglos. Sin considerar lo que pudiera ocurrirle en las entrañas de la tierra el joven lobato, colgándose el acerado objeto del cuello, penetró por el agujero hacia lo desconocido.

El lugar tenía las paredes y el techo de ladrillo, con el suelo de roca, un pasadizo que penetraba unos veinte o treinta metros bajo tierra, y que salvo en los primeros metros mostraba una total ausencia de vegetación en sus superficies. De repente, sin previo aviso, el suelo se derrumbó bajo sus pies al dar éstos con una superficie de madera, podrida por la humedad y el tiempo, algún tipo de trampilla, que al quebrarse bajo el peso del joven bárbaro provocó que este cayera a un lago subterráneo desde una altura de unos quince metros. El lago era un extensión de tamaño medio, de heladas aguas oscuras, en uno de cuyos extremos se elevaba sobre el un saliente de piedra.

Tras recuperarse del impacto contra el agua el joven bárbaro nadó hacia el saliente de piedra, guiado por la luminiscencia de los hongos que crecían a las paredes de roca de la caverna. Según se iba acercando podía advertir más detalles, una especie de figura de piedra representando a un hombre con armadura dominaba el extremo del saliente y tras ella podía ver según se acercaba a él un sarcófago de piedra, todo el tallado en la misma pieza de basalto negro. Se dejó caer en el suelo de piedra del saliente junto a la estatua del guerrero, resoplando por el esfuerzo llevado a cabo. Tras tomarse unos momentos de descanso para reponerse Cruatch se dedicó a  examinar el saliente de roca, buscando un modo de salir de allí y volver a la superficie. El lugar estaba prácticamente vacío, a parte del sarcófago y su pétreo guardián no había sino un cofre también de roca, con un candado de bronce comido por el oxido. Con un golpe del pomo de su cuchillo de caza hizo saltar el candado, permitiéndole poder alzar la tapa del cofre.

En el interior de este, entre telas y pieles ajadas por el tiempo encontró una sólida espada de hierro acerado, protegida por las telas del deterioro del tiempo, el arma medía aproximadamente un metro de largo, con la empuñadura y la cruz decoradas con filigrana que se extendían hasta la mitad de la hoja donde las formas en espiral formaban palabras en la antigua lengua huusen.

A pocos metros del cofre, oculto por las sombras de la estatua y del sarcófago, cuya tapa de negro basalto, sujeto por un respeto ancestral a los moradores de las tumbas del valle, no se atrevió a intentar mover, aunque las tribus no tenían iguales reparos a los objetos de valor que hallaban en ellas, considerando que como el espíritu las había dejado allí era porque no las necesitaba en los campos del cielo, había un muro de argamasa tosco, como si alguien hubiera usado un pasadizo para abandonar el lugar cegándolo después. Sin pensárselo mucho empleó la antigua espada para abrir un agujero en la pared y se adentró en él buscando una ansiada salida. Tras un tiempo vagando en los túneles, siempre en sentido ascendente, llegó hasta el lugar donde había estado al trampilla por la cual había caído, y la sorteó de un salto, continuando con decisión hacia la boca del túnel por el que había penetrado bajo tierra.

Había perdido la noción del tiempo mientras estaba en el lago helado, y el vagar por los túneles tampoco había hecho mucho para mejorar esa situación, pero no esperaba ver el cielo estrellado al salir, ni encontrarse con un centinela a las afueras del poblado, en esa época, ya avanzada la primavera, era raro que las fieras atacaran a los hombres, no así en invierno, donde las presas más comunes de los depredadores escaseaban.

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Escribí este relato a finales del año 2007... está incompleto, o eso pensaba cuando lo escribí. Mi intención era darle una continuidad, pero ahora veo que tal vez no esté tan incompleto como pensé entonces...