sábado, 23 de junio de 2012

Cruatch de los Lobos (continuación)




 Cruatch de los Lobos (continuación)

Atardecía cuando llegaron, entraban en las cabañas de los lugareños, sacando a la gente de sus hogares, arrastrándolos cuando se resistían, mientras un sacerdote les citaba los cargos por los que serían ajusticiados. Uno se repetía continuamente, "magia"; en el linde del pueblo, ocultos en el bosque, se habían refugiado un pequeño grupo de personas, en su mayoría mujeres y niños. La mayoría de los hombres estaban en el bosque o en el campo; las tropas del señor habían llegado cuando apenas quedaban en el pueblo mujeres, niños y ancianos.

Cruatch, con apenas siete años, vio desde el linde del bosque como se llevaban a la anciana Alia, la curandera del pueblo, y la juntaban con el resto de la gente en los carros. Algunos ya se habían refugiado en las profundidades del bosque, pero algunos jóvenes, Cruatch entre ellos, decidieron quedarse para rescatar lo que pudieran de las cabañas en cuanto se marcharan los soldados; era peligroso, pero debían hacerlo. La lluvia comenzó a caer, una lluvia fina, helada, que calaba hasta los huesos, pero no podían abandonar su puesto, agradecieron a los dioses la lluvia, pues esta haría que los guardias no pudieran prender fuego a las cabañas. Y a los guerreros-zorro no les gustaba mojarse con agua, como decía su maestro, preferían el vino.

Las casas habían quedado vacías, quien pudo escapar hacía tiempo que lo había hecho, quien no, había acabado prisionero de los sacerdotes. Los jóvenes, tal vez demasiado jóvenes, recorrían las cabañas recogiendo todo lo que consideraban importante, principalmente comida y herramientas, cuchillos, hoces, azadas, la última cabaña en la que Cruatch entró era la de Alia, allí bajo el camastro, encontró un cuchillo con un mango envuelto en tela negra, en una funda de tela del mismo color, en otros lugares de la casa encontró hierbas, que sabía servían para curar, las conocía por haberlas visto emplear a la anciana Alia cuando su madre enfermaba, el último objeto en que reparó antes de abandonar la vieja cabaña fue un torque, medio escondido dentro de un tarro, cubierto de restos de grano.
Estaba hecho de bronce, dorado y pesado, un adorno que sólo recordaba de las leyendas, nadie en la aldea, que él supiera, poseía uno, hasta ahora. Lo puso con el resto de cosas que había recogido y abandonó el lugar, entrando en el bosque con sus compañeros, todos cargados con los frutos de su "rescate”.

Un grupo de hombres del poblado habían logrado adelantarse a los guardias. Esperaban emboscados para liberar a sus familiares de los carros que se acercaban a ellos por el camino cuando la tormenta se desató, los caballos se desbocaron y los guardias se cayeron de sus monturas. Algunos se dirigieron corriendo hacia ellas, intentando recuperarlas, mientras que otros permanecieron montando guardia alrededor de los carros. En ese momento los hombres salieron de la espesura cayendo sobre las tropas el señor armados con azadas, hoces y demás utensilios de labranza. Los más jóvenes, Cruatch entre ellos, permanecían en la espesura, vigilando por si volvían el resto de los soldados, listos para dar la voz de alarma, cuando la vio, la anciana Alia había mirado al bosque en su dirección, durante un momento sus miradas se cruzaron y lo ojos de la anciana se encontraron con los suyos y le pareció ver en el rostro de Alia un gesto de asentimiento, en ese momento una extraña energía recorrió el cuerpo de Cruatch, justo en el momento en que un soldado atravesaba el cuerpo de la anciana con su lanza, acabando con su vida en el instante. Cruatch cayó como desmayado en ese momento.

Estaban reunidos en el bosque, los sabios, que hacía tiempo habían decidido ocultarse en las cuevas de los montes cercanos, estaban con ellos. Sólo Alia se había negado a irse cuando el resto desaparecieron, ella afirmaba que debía continuar allí donde el resto lo habían dejado, debía enseñar a los jóvenes las tradiciones; ese era el motivo de la presencia de Alia en el pueblo, la única anciana que residía en él.

Cruatch estaba allí, llevaba el torque al cuello y parecía mayor que en el último sueño, más fornido, como si hubiera pasado cuatro o cinco años oculto en el bosque, posiblemente tendría entre doce y catorce años. Su mirada también había cambiado, parecía más sabio, con esa sabiduría que dan los años, la sólo se transmite en el grupo familiar, en la tribu, en el clan. En el grupo debía haber cerca de veinte personas, entre hombre y mujeres, y pocos eran tan jóvenes como Cruatch. Una mujer se dirigió al centro círculo que formaba el grupo desde un extremo y un hombre se unió a ella allí desde el otro.

-Estamos aquí para recibir a Cruatch hijo de Thom, hijo de Cruatch el Viejo, en este círculo como uno más. Adelántate, Cruatch hijo de Thom –las palabras de la mujer resonaban en la arboleda.

El joven dio un par de pasos al frente situándose ante la pareja.

El hombre habló –Si hay alguien aquí que quiera hablar en favor de Cruatch, hijo de Thom, puede hacerlo.

Keylen avanzó un paso, era uno de los miembros del grupo que años atrás había entrado en el pueblo tras la marcha de los soldados junto con Cruatch. –Cruatch es Cruatch, él recuperó el torque de la casa de Alia, él fue el primero en entrar en la aldea, es adecuado acogerlo en este círculo. 

Cruatch estaba asombrado, en un principio Keylen siempre le había envidiado por esos hechos, pero parecía que la ceremonia que él iba a pasar ahora, la que Keylen había pasado el año anterior, le había hecho madurar. 

Keylen había vuelto a su lugar en el círculo, mientras que la mujer elevaba los brazos en dirección a Cruatch. -Han hablado en tu favor, presenta tu cuchillo a tus hermanos y hermanas.

Despacio, con la mano firmemente aferrada a él, sacó de entre sus ropas el cuchillo, el mismo que había recogido en la cabaña de Alia, lo había guardado todos estos años, sin utilizarlo para nada, esperando este momento. Una exclamación de admiración se ahogó en las gargantas de muchos de lo presentes, al reconocerlo como el de la fallecida Alia.

-Este es mi cuchillo –su voz era firme, una afirmación sencilla pero cargada de simbolismo, durante todo el año había estado aprendiendo, escuchando las leyendas e historias contención, esperando este momento.

-La afirmación está hecha, no hay más que añadir. – Tras esas palabras del hombre que estaba frente a él, ambos, el hombre y la mujer comenzaron a narrar una historia, una antigua historia sobre un dios y una diosa, sobre como ambas deidades se habían conocido, sobre como ella obtuvo poder de él, y él de ella. mientras ocurría todo esto a su alrededor, Cruatch notó como el tiempo parecía ir más despacio, hasta casi detenerse, como las palabras entraban en él y se fundían con sus pensamientos. apenas notó cuando acabaron de hablar y recibió de la mujer los besos sagrados que lo marcaban como un iniciado en los misterios del círculo.

La ceremonia continuó, Cruatch volvió a su lugar en el círculo y participó con el resto en los antiguos ritos de su pueblo, ritos anteriores ala llegada de los romanos, anteriores a la llegada del cristianismo, anteriores a los nobles que ahora los gobernaban, una conexión con la historia más primitiva de su pueblo, una historia que no estaba escrita en papel, sino en las leyendas que se narraban alrededor de los fuegos nocturnos, en la intimidad que sólo puede existir entre las gentes que llevan generaciones conviviendo juntas, aisladas de toda influencia extranjera, al menos, si no en la forma en la que vivían, si en el fondo, en la esencia de sus vidas.

Cruatch seguía viviendo en el bosque, las tropas del señor de vez en cuando los acosaban en los bosques, cada vez menos, pues las tropas eran más necesarias en las contiendas contra otros nobles e incluso los soldados preferían combatir en ellas que adentrarse e los bosques buscando aldeanos a los que poco les quedaba por serles robado, muchos de sus conocidos y vecinos se habían integrado poco a poco en la vida de los pueblos vecinos, sobre todo en el último año, cuando los enfrentamientos del señor con otros nobles se habían hecho más intensos. Algunos aseguraban que si no hubiera sido por la presencia del sacerdote aquel fatídico día, hacía años, los soldados se habrían limitado a pedir un soborno, tal vez intentar aterrorizarles un poco, y se habrían ido.

Ahora los bosques y las cuevas eran sus hogares, los ancianos que quedaban, muchos había muerto por el paso de los años, siguiendo el ciclo de la vida, les habían enseñado todo lo que ellos habían aprendido cuando tenían su edad. Ahora eran un grupo de unas veinte personas, hombres y mujeres jóvenes, guiados por tres ancianos que aun conservaban la fuerza suficiente para permanecerán el bosque. Los restantes habían vuelto a las aldeas y pueblos vecinos, acogidos por familiares y amigos, aunque volvían en las noches de luna llena, acompañados de gentes de los poblados donde ahora residían, para continuar rindiendo culto a los dioses antiguos.

Keylen se había convertido en el líder del grupo, y mientras que el resto permanecían la mayor parte del tiempo en el bosque, él y Cruatch solían realizar incursiones en las tierras de los alrededores para robar comida. Tras el rito de iniciación de Cruatch entre ambos había surgido un sentimiento de hermandad. El hermano de Keylen se había dio con su madre a vivir a una de las aldeas vecinas, mientras que de la familia de Cruatch ya no quedaba nadie, sólo una hermana de su padre, que vivía en las tierras de un señor vecino. A veces recibía noticias de ella por medio de conocidos, pero lo normal era que pasaran meses entre una comunicación y otra. No extrañó a nadie que un día decidiera abandonar la seguridad del bosque para ir a buscarla.

-No deberías ir –la voz de Keylen era tajante –sabes que nos están buscando, además es territorio extranjero –los señores habían instituido la palabra extranjero para designar a los territorios que no fueran los propios, en u intento de lograr un sentimiento de patriotismo entre las gentes bajo su autoridad.

-No es extranjero. las historias de Alia lo decían claramente, nuestros abuelos vivieron en esas tierras durante un tiempo, y la Montaña  Azul esta allí, donde las historias permanecen gravadas en la roca. –El tono de Cruatch al repetir las palabras oídas una y otra vez cuando eran pequeños parecía estas teñido del saber de generaciones. –Tendré cuidado, hace ya más de una estación que no se nada de ella, debo averiguar si ha ocurrido algo.

-Te hecharé de menos, hermano, –La mano izquierda de Keylen cayó sobre su hombro mientras que la derecha le ofrecía una bolsa –toma, necesitarás esto allá a donde vas. Me gustaría poder acompañarte, pero mi deber está aquí, sobre ton ahora que los ancianos están enfermos, cuando vuelvas te estaremos esperando.

"Cuando vuelvas", no si "vuelves", la fe en que iba a volver le dio fuerzas. –Gracias, hermano, cuida del resto, y suerte con Myra.
-¿Cómo sabes lo de Myra? –Todo el mundo sabía lo de Keylen y Myra, habían estado manteniéndolo a escondidas a los ojos de sus familiares, pero para los Hermanos del Bosque, como se llamaban entre ellos los miembros del grupo, era claro que existía algo entre su líder y la bella Myra.
-Keylen, ¿olvidas que hablo con los pájaros? 

Hablar con los pájaros, fue él quien le dijo eso una vez a Cruatch, cuando lo encontró sentado junto a un roble, meditando, con pájaros posando a su alrededor, "Realmente, hermano, parece que hablas con los pájaros", desde entonces cada vez que lo veían en actitud meditativa siempre había alguien que le mencionaba la frase dicha por Keylen, lo que había acabado por convertirse en un apodo, "Cantor de Sueños", a causa de su facilidad para interpretar lo sueños y visiones de la gente.

Otros en el grupo tenían apodos; Myra era conocida como "la Dama del Río", pues pasaba casi todo su tiempo libre en él; Artur era "el Caballero", por su amabilidad extrema; Rosa era "Bellaflor", pues un día comentó que su nombre era el de "la más bella flor que existe"; Keylen era llamado "el Conde", a causa de su posición entre los Hermanos; y así todos habían recibido el suyo.


El viento soplaba desde el mar hasta los acantilados, allí, junto al montículo de piedras donde la llama-guía ardía cuando el sol ya no brillaba y su blanco humo se elevaba como columna de mármol con el sol en lo alto, alimentada por los sacerdotes, envueltos en el aroma del mar, se preparaba  la apertura al mundo de un nuevo grupo de novicios, elegidos entre los hijos de las familias de las cercanías y preparados durante tres años por los maestros sacerdotes. Aquel era el mismo lugar donde su antepasado inició su viaje a las brumas, allí era donde sus herederos aguardaban su regreso, y allí era donde rezaban a la Gran Madre, Señora de las Aguas, y al Padre de los Bosques, su consorte.

La Gran Sacerdotisa y Suma Sacerdotisa del Bosque había venido  desde el interior ala costa para ser testigo de las iniciaciones y guiar los ritos. Su predecesora, la Suma Sacerdotisa del Mar, había fallecido ese invierno, fue gracias a uno de los sacerdotes menores, Cruatch, que los ritos de ese año no serían inferiores a otros, pues recorrió un largo camino para ir a buscar a la Señora del Bosque y pedirle que dirigiera los  sagrados ritos.

Junto a la Gran Dama una niña permanecía en silencio, muy atenta a cada palabra que la Suma Sacerdotisa decía, era una hija del bosque que había sido recogida y educada por Cruatch.
Él había visto en la niña algo único, una fuerza interior sino en un puñado de sacerdotes consagrados. Sabía que todavía no había llegado su momento, esa hija de los bosques aun tardaría un par de años como mínimo en estar preparada para su iniciación, pero como receptora de la sabiduría de un iniciado, su lugar estaba con los demás en el Círculo, junto al resto de seguidores del Dios y la Diosa.
La luna llena se preparaba a alzarse en el cielo, y gentes de todas partes habían acudido a este ritual de madurez. Sacerdotes y sacerdotisas realizaban los preparativos de los diversos rituales menores que en esa noche iban a  tener lugar (actualmente se les denominaría brujos y brujas).

(…)

La voz de la Suma Sacerdotisa se alzaba por encima de las olas, ya la luna estaba a punto de llegar a su cenit, y los fuegos estaban encendidos desde hacía algún tiempo.

-Llamo a los espíritus del Este, silfos y céfiros, les pido que se manifiesten y que protejan nuestros ritos  - ante estas palabras algunos de los novicios temblaron al sentir a las matas de hierba y a las ramas de los árboles moverse ante una repentina brisa que venía del interior. El resto de los presentes, que ya estaban acostumbrados a estas manifestaciones de los Espíritus del Aire, no se inmutaron al sentir la respuesta de éstos.

-Llamo a los espíritus del fuego, guardianes del Sur, salamandras y dragones, para que protejan nuestros ritos… - las hogueras parecieron avivarse en ese instante en respuesta de la llamada de la Suma Sacerdotisa y los presentes notaron como el calor penetraba en ellos en aquella noche fría.

-Llamo a los espíritus del agua, - estas palabras no fueron pronunciadas por al Suma Sacerdotisa, sino por un Sacerdote del Mar, un veterano de aquellas costas, acostumbrado a tratar con los elementales del Agua -Espíritus del Oeste, sirenas y tritones del mar, ninfas de los ríos, sed presentes en esta noche para guardar y proteger nuestros ritos.

En ese instante una ola chocó contra los acantilados y gotas de agua marina se alzaron sobre los presentes para caer como un rocío salado sobre ellos.

La voz de la Suma Sacerdotisa retomó las invocaciones. – Oh, Señores del Norte, moradores de la negra tierra que nos alimenta, os llamo, duendes y gnomos, para que seáis testigos y guardéis nuestros ritos.

Nadie más lo vió, pero la joven niña del bosque juraría después que vió una flor a sus pies abrirse como si el sol brillara en el cielo.