miércoles, 13 de abril de 2011

Arañas


Arañas

(Un relato en Fase de Eclipse)

Ocho patas, un caparazón duro (exoesquelético), no más de 1 centímetro de diámetro horizontal, máximo de 1 centímetro de altura en posición “relajada”… una araña…

Mejor dicho una colonia de ellas, todas absolutamente idénticas, de un color negro metalizado, casi imperceptibles para el resto de los residentes temporales de la caja de metal y plástico llamada “Salto Prigoginico”.

“El Ruso” y “Hombre-Mono” (designaciones vulgares para los individuos denominados Ilya Korolev y Doktor Symian) conversan uno frente a otro en la cabina de mando del “Salto”, mientras que la colonia de arañas conversa consigo misma en la bodega de carga, correteando por toda la nave, recorriendo una y otra vez los paneles que muestran continuamente la información obtenida por los sensores de la nave.

La tripulación ideal, un soviético capitalista, un australopitecino con un doctorado y un puñado de arañas, casi parece un chiste. Y luego la carga, cuatro cajones que subieron a bordo junto con el “Hombre-Mono” en la Estación Victoria, y si el amable Doktor sabe algo de su contenido no suelta prenda, solo se limita a hablar de teorías de adaptación de la humanidad a los entornos espaciales, tres días de viaje con la misma cháchara, y claro, el “Capitán Tovarich” (otro a podo para “el Ruso”), con su cuerpo de diseño y su experiencia de más de diez años en el espacio no puede evitar entrar al trapo…

La colonia de octópodos ya se conocía a la perfección cada rincón de la nave de carga, un transporte solo ligeramente obsoleto de origen neo-soviético adquirido tras la caída y remozado en astilleros independientes en Titán. No es que fuera la mejor nave disponible, pero poseía un par de detalles interesantes, y el menor de ellos no era su capacidad para entrar y salir de fosos gravitatorios (frase que forma parte de la jerga espacial con el significado de “aterrizar en un planeta”).

A Korolev le gustaba su nave, y a la colonia arácnida también, aunque por motivos diferentes, mientras que el ruso (técnicamente, ucraniano) la apreciaba por su resistencia, la facilidad de su mantenimiento y sus anclajes para compuertas no estándar, fruto de la paranoia neo-soviética, que la convertían en una de las pocas naves que podría acceder a todas las compuertas de acceso de las estaciones espaciales construidas antes de la Caída. Mientras que al enjambre arácnido le encantaban los recovecos, la cantidad de huecos y espacios vacíos que tapizaban los mamparos interiores (diseñados inicialmente para facilitar las reparaciones, pero que también servían como un gran campo de juegos para las “arañas del espacio”).

En un instante, una luz amarilla empezó a parpadear por toda la nave, acompañada de un zumbido intermitente, provocando que las arañas salieran de sus escondrijos y se reunieran en una masa que poco a poco iba tomando forma, con los negros cuerpos repartiéndose, distribuyéndose, hasta tomar una forma familiar al resto de los tripulantes.

-¿Spider, cual es la situación de los sensores? – La voz del capitán resonó por toda la nave con su característico acento ruso-ucraniano.

-Capitán, se aproxima un carguero pesado no identificado, rumbo de intercepción. – Una voz insectoide brotando del conglomerado de arañas de metal, el tercer miembro de la tripulación.